La postura en meditación

 


La postura en la meditación

La postura es importante en la meditación, pero no porque exista una postura perfecta que todos debamos adoptar. La mejor postura es aquella que nos permite permanecer estables, cómodos y atentos durante la práctica.

Nuestro cuerpo y nuestra mente están profundamente relacionados. Una postura excesivamente tensa genera esfuerzo; una postura demasiado relajada puede favorecer la somnolencia. Buscamos, por tanto, un punto de equilibrio:

Firmeza sin rigidez. Relajación sin abandono.

Una buena postura facilita que, una vez iniciada la meditación, podamos dejar de preocuparnos por el cuerpo y dirigir nuestra atención hacia la experiencia presente.

Tres principios fundamentales

Podemos resumir una buena postura meditativa en tres palabras:

Estabilidad. Comodidad. Atención.

Estabilidad. Necesitamos una base firme. Cuanto más estable esté el cuerpo, menor será la necesidad de realizar movimientos y reajustes durante la práctica.

Comodidad. Meditar no consiste en soportar dolor. Puede aparecer alguna pequeña molestia al permanecer inmóviles, pero no debemos forzar articulaciones ni mantener una postura que produzca dolor importante.

Atención. El cuerpo debe estar relajado, pero despierto. La postura tiene que favorecer la presencia, evitando tanto la tensión excesiva como el adormecimiento.

Estos principios coinciden con recomendaciones habituales de distintas tradiciones meditativas: estabilidad, alineación y relajación son más importantes que adoptar una forma concreta con las piernas. 

¿Cuál es la mejor postura para meditar?



No existe una única postura correcta.

Podemos meditar en loto, medio loto, postura birmana, de rodillas, sobre un banco de meditación o sentados en una silla. Incluso podemos hacerlo tumbados cuando las circunstancias físicas lo aconsejen.

El loto proporciona una base muy estable cuando el cuerpo está preparado para realizarlo, pero no es necesario practicar el loto para meditar correctamente.

Para muchas personas, especialmente cuando comienzan, la postura birmana, un banco de meditación o una silla pueden resultar mucho más adecuadas.

Lo importante no es conseguir una determinada forma exterior, sino encontrar una posición que podamos mantener con estabilidad y sin tensión innecesaria. Sentarse en una silla es una opción plenamente válida. 

Meditación sentados sobre un cojín

Cuando meditamos en el suelo resulta muy útil elevar ligeramente la pelvis utilizando un zafú, cojín firme o manta doblada.

Al elevar la pelvis facilitamos que las rodillas desciendan y que la columna pueda mantenerse erguida con menor esfuerzo. 

La postura birmana es especialmente interesante porque no exige la flexibilidad necesaria para el loto o el medio loto.

No debemos empujar nunca las rodillas hacia el suelo para conseguir una postura determinada. Si quedan elevadas y eso genera tensión, podemos colocar pequeños cojines o mantas debajo de ellas.

La postura debe adaptarse a nuestro cuerpo; no nuestro cuerpo a la postura.

La espalda

La columna permanece erguida pero no rígida, respetando sus curvaturas naturales.

No necesitamos sacar el pecho ni mantenernos mediante una contracción muscular constante.

Podemos imaginar que desde la coronilla un hilo invisible nos eleva suavemente hacia arriba.

La sensación que buscamos es:

Verticalidad sin esfuerzo innecesario.

Cabeza y cuello

La cabeza descansa de manera natural sobre la columna.

Recogemos muy ligeramente el mentón, alargando suavemente la parte posterior del cuello, pero sin inclinar la cabeza hacia delante.

Relajamos la frente, los músculos alrededor de los ojos, la mandíbula y los labios.

Hombros y manos

Dejamos caer los hombros de manera natural, liberando cualquier tensión innecesaria.

Las manos pueden descansar sobre los muslos, sobre las rodillas o una sobre otra delante del abdomen.

No necesitamos adoptar ningún mudra determinado.

Lo importante es que brazos, manos y hombros puedan permanecer relajados.

Meditación sobre un banco

El banco de meditación es una excelente alternativa para aquellas personas que no se encuentran cómodas sentadas con las piernas cruzadas.

Se utiliza normalmente en una posición de rodillas, denominada seiza. Las piernas quedan a ambos lados o debajo del banco y el peso del cuerpo descansa principalmente sobre este, evitando que recaiga directamente sobre los talones.

El banco eleva ligeramente la pelvis y facilita que esta adopte una posición que permita mantener la columna erguida de una manera natural y con poco esfuerzo.

Es importante colocarlo correctamente. Nos arrodillamos, situamos el banco sobre las piernas y nos sentamos procurando que el peso quede bien distribuido. Algunos bancos tienen el asiento ligeramente inclinado hacia delante para favorecer una posición natural de la pelvis.

Si sentimos presión en las rodillas o en los empeines, podemos colocar debajo una esterilla, una manta doblada o un zabutón.

Como en cualquier otra postura, no debemos soportar dolor ni intentar mantenerla a toda costa. Cada cuerpo es diferente.

El banco de meditación puede ser especialmente adecuado para quienes encuentran incómodas las posturas con las piernas cruzadas pero desean mantener una posición estable y vertical sin recurrir a una silla.

Y volvemos siempre al mismo principio:

no buscamos la postura más avanzada, sino aquella en la que podamos permanecer estables, cómodos y atentos.


Meditar en una silla

La silla no es una postura meditativa de segunda categoría.

Para algunas personas puede ser, de hecho, la mejor postura para meditar.

Colocamos ambos pies firmemente apoyados en el suelo y mantenemos la columna erguida sin rigidez. Siempre que resulte cómodo, podemos sentarnos algo separados del respaldo para que la columna se sostenga por sí misma. Si necesitamos apoyo por razones físicas, podemos utilizarlo. 

Las manos descansan sobre los muslos o en el regazo y los hombros permanecen relajados.

Una persona puede realizar una meditación perfectamente profunda sentada en una silla.

¿Qué hacemos con los ojos?

Podemos meditar con los ojos cerrados o ligeramente abiertos.

Con los ojos cerrados reducimos los estímulos visuales y a muchas personas les resulta más sencillo interiorizar la atención.

Sin embargo, si aparece somnolencia, podemos abrirlos ligeramente y dejar la mirada relajada hacia un punto situado delante de nosotros.

No existe una opción universalmente mejor. Experimentamos y observamos cuál favorece nuestra atención.

La media sonrisa

Podemos permitir que aparezca en nuestro rostro una ligera sonrisa, casi imperceptible.

No se trata de fingir felicidad.

La media sonrisa expresa una actitud interior de amabilidad, serenidad y aceptación hacia aquello que estamos viviendo.

Relajamos el rostro y dejamos aparecer esa pequeña sonrisa.

No estamos luchando contra nosotros mismos.

No necesitamos conseguir nada especial.

Simplemente estamos aquí.

¿Y si aparece una molestia?

No necesitamos reaccionar inmediatamente ante cualquier pequeña incomodidad.

También podemos convertirla en objeto de meditación.

La reconocemos.

Observamos cómo se manifiesta en el cuerpo.

Aceptamos que en este momento está presente.

Y dejamos de luchar contra ella.

Muchas sensaciones cambian por sí mismas.

Pero esto no significa que tengamos que soportar dolor. Si una molestia es intensa, aumenta o sentimos que puede hacernos daño, cambiamos conscientemente de postura y continuamos meditando.

El movimiento tampoco rompe necesariamente la meditación si lo realizamos con plena atención.

Antes de comenzar

Una vez sentados podemos dedicar unos segundos a recorrer mentalmente nuestro cuerpo:

¿Estoy estable?

¿Estoy cómodo?

¿Mi espalda está erguida pero relajada?

¿Tengo alguna tensión innecesaria en hombros, rostro o mandíbula?

¿Puedo soltar un poco más?

Hacemos los ajustes necesarios.

Y después dejamos la postura en paz.

Ya no necesitamos seguir comprobándola continuamente.

La postura exterior y la postura interior

Finalmente, existe algo todavía más importante que la posición de las piernas, las manos o la espalda:

la actitud con la que nos sentamos a meditar.

Podemos adoptar una postura exterior perfecta y, sin embargo, estar interiormente luchando contra nuestra experiencia.

La verdadera postura meditativa tiene, por tanto, dos dimensiones.

Exteriormente:

Estabilidad – Comodidad – Atención

Interiormente:

Reconocer – Aceptar – Soltar

Reconocemos lo que aparece.

Aceptamos que, en este instante, nuestra experiencia es esa.

Y soltamos: no intentamos retener lo agradable ni rechazamos lo desagradable.

No buscamos que la meditación sea de una determinada manera. Ponemos nuestra intención en estar presentes y dejamos que la experiencia se vaya desplegando momento a momento.

Cuando postura exterior e interior se encuentran, el cuerpo deja progresivamente de ser un obstáculo y se convierte en un apoyo para la meditación.

Y entonces la postura deja de ser simplemente una forma de colocar el cuerpo para convertirse en una forma de estar.

Namasté 🙏


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